Relato
La esquina de Balta y Elías Aguirre
Volví a pasar por la esquina donde nos despedimos en 1996. El quiosco ya no está; la sombra del ficus, sí. Hay ciudades que uno recorre y ciudades que lo recorren a uno, y Chiclayo, a esa hora en que el sol se rinde sobre la avenida Balta, pertenece a la segunda clase.
No fue una despedida solemne. Fue un "nos vemos" dicho con la boca llena de chicle, un gesto con la mano que ninguno de los dos supo que sería el último. Después vinieron los años, que son expertos en convertir las esquinas en museos.
Me quedé un rato mirando el semáforo. Pensé en lo que hubiera dicho ella del nuevo edificio de vidrio, en cómo se habría reído del letrero luminoso de la farmacia. Pensé, sobre todo, en que la memoria no guarda los hechos sino los gestos: la manera en que se acomodaba el cabello detrás de la oreja, el sonido del colectivo frenando, el olor a pan que salía de la panadería que ya tampoco existe.
Un muchacho pasó a mi lado hablando por teléfono, apurado, sin ver nada. Lo envidié un segundo. Luego entendí que él también estaba construyendo, sin saberlo, su propia esquina.
Caminé hasta el parque. Me senté. Saqué la libreta. Escribí esto.